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Texto publicado en 1991 por el estadounidense Śubhānanda Dās Adhikārī (n. 1952), quien desde 1970 fue discípulo de Śrīla Prabhupāda, fue presidente del templo de Vancouver y trabajó como editor y escritor en el BBT (Bhaktivedanta Book Trust). En 1987 se alejó de ISKCON y actualmente es reconocido como fotógrafo. Su nombre civil es Steven J. Gelberg.

Este texto fue copiado y corregido (en agosto de 2017) de la traducción al español que aparece en el sitio web Surrealist.org.[1]


Blupeados - Subhananda Dasa y su esposa Sitarani Devi Dasi en revista Back to Godhead 1983 (agrandado)

Śubhānanda Dās Adhikārī y su esposa Sītārāṇī Devī Dāsī en una fotografía de la revista Back to Godhead, en 1983.

Prefacio

Cuando Prabhupada predijo una vez que el noventa por ciento de sus discípulos abandonarían el movimiento, nosotros ―sus discípulos― quedamos shockeados al considerar que tal cosa fuese posible. Con el tiempo, la inmensa mayoría de sus seguidores finalmente se fueron de ISKCON, y ahora parece que lo mismo sucede con sus discípulos-nietos.

Es difícil imaginar una experiencia más dolorosa y potencialmente desconcertante que abandonar una comunidad espiritual o una tradición a la que se le han dedicado los mejores años de la vida. Perder la fe en un sistema comprehensivo de ideas que han moldeado la propia conciencia y guiado nuestras acciones, dejar a una comunidad que ha constituido nuestro mundo social y definido nuestra identidad social, el renunciar a una manera de vivir que es una forma entera de ser, es una experiencia de implicaciones gravísimas.

Especialmente cuando la comunidad y la tradición que se está abandonando se define como el bastión de toda la bondad, de todo lo importante, de todo lo verdadero, de toda la decencia, de todo los logros humanos significativos, el reorientarse tanto al propio yo como al mundo más allá puede requerir de un importante esfuerzo psicológico. Internamente, uno debe trabajar para volver a descubrir y reclamar sus propias y únicas fuentes de significado, y desde esas profundidades interiores, obtener los recursos personales para vivir de manera auténtica. Externamente, uno debe aprender cómo lidiar con el mundo externo, ese vasto territorio que se encontraba más allá de las puertas de nuestro enclave espiritual, ese lugar que por tanto tiempo vimos como una morada oscura y malvada, inadecuada para la vida humana. Muy a menudo, los devotos que ya no se sienten contentos de vivir en ISKCON, prolongan su estancia simplemente por miedo a ese mundo demonizado.

Esta nueva orientación hacia uno mismo y el reingresar al mundo exterior no son tarea fácil. Y sería más simple perfeccionarla cuando se tiene el apoyo de otros que han recorrido el mismo camino. Aunque durante casi catorce años he tenido poco que ver con ISKCON, todavía siento afinidad hacia los devotos, tanto los del pasado como los del presente. ¿Cómo no iba a hacerlo? Dediqué plenamente 17 años de mi vida ―desde los 18 hasta los 35 años de edad: toda mi juventud― a una vida de conciencia de Krishna en la asociación de devotos igualmente comprometidos. Prácticamente todos mis amigos y conocidos eran devotos. Absorbí las enseñanzas de Prabhupada en las profundidades de mi ser, y las prediqué con un entusiasmo nacido de la confianza serena en su eficacia y en su verdad absoluta. Me dediqué tanto a fomentar una inmersión más profunda en la espiritualidad vaisnava por parte de mis compañeros devotos (a través de la edición de libros como El maestro espiritual y el discípulo y Nāmamṛta: el néctar del Santo Nombre), como a cultivar el respeto y el aprecio por ISKCON entre los intelectuales y los académicos, como con mi libro de entrevistas, Hare Krishna, Hare Krishna: cinco distinguidos académicos hablan sobre el movimiento Hare Krishna en Occidente (Grove Press, 1983).

Aunque mi manera de pensar y mi modo de ser han cambiado considerablemente desde que me fui del movimiento, no puedo olvidarme de todos mis hermanos y hermanas con quienes he compartido la experiencia de la consciencia de Krishna. Yo, como ellos, ingresé al movimiento llevado por la necesidad de saber y experimentar la verdad, la iluminación, la paz y la dicha. Yo, como la mayoría de los devotos, sentía una atracción inexplicable por el muchacho de piel azul, Krishna, sobrenaturalmente hermoso; por la extrañamente hermosa música del mahā-mantra Hare Krishna y por la promesa de alcanzar la transcendencia. No puedo evitar sentir un vínculo especial con esos devotos y devotas.

De vez en cuando, la mayoría de los devotos dudan acerca de la verdad de la consciencia de Krishna, o de la relación que su crecimiento espiritual y psicológico personal tiene con la consciencia de Krishna. En mis últimos años en el movimiento, ciertamente sentí eso. Y sé que ―a pesar de que se afirme lo contrario― hay una poderosa falta de incentivo para expresar abiertamente las dudas en compañía de otros devotos.

Sin embargo, estas dudas pueden ser la voz del propio ser interno, ese yo que no siempre refleja con exactitud el "sistema" exterior de la consciencia de Krishna, ese yo que protesta por haber sido moldeado para tratar de convertirlo en algo que no es. A pesar de su lealtad externa a ISKCON y a la tradición de la que se origina, si el ser interno no es abordado, respetado, honrado, si no se le permite crecer, si no hay condiciones para que se exprese, tarde o temprano ese yo auténtico va a protestar. Cuando esa voz interior de a poco comienza a hablar, puede ser acallada con el pensamiento regimental, la recitación del Santo Nombre en voz más alta, las actividades externas o la simple negación. Pero en algún momento del camino esa voz está destinada a volver, un poco más fuerte, un poco más insistente. Y llega el punto en el que no queda más remedio que reconocerla.

Quisiera, ahora, dirigirme a esa voz interna y contestarle con mi propia voz. Por cierto, no tengo ninguna intención malévola al hacerlo. No soy antisectario ni soy alguna especie de ideólogo redentor. No tengo nada que ganar personalmente de este ejercicio, excepto el placer de decir las palabras que creo que necesitan ser dichas a mis viejos amigos y a mis amigos aún desconocidos.

Permítanme relatar algunas de las razones por las que después de tantos años de comprometido servicio me fui de ISKCON. A continuación, he organizado mis reflexiones en varias secciones:

¿Dónde están los devotos puros?

A medida que lo pienso, me parece que el factor que inicialmente puso en marcha mi desilusión gradual de ISKCON, fue mi conciencia creciente de que ―a juzgar por sus propios criterios de éxito― ISKCON simplemente está fallando como movimiento espiritual. Se hizo cada vez más evidente e inevitablemente obvio que el movimiento simplemente había fallado en el cumplimiento de su propio objetivo primordial declarado: crear devotos puros para guiar hábilmente y con éxito a practicantes serios hacia aquellos estados sublimes de conciencia espiritual elaboradamente descritos en las Escrituras y reiterados sin cesar en los foros de enseñanza del propio movimiento.

Por supuesto que se pueden encontrar a devotos que parecen estar en paz, contentos y llenos de propósitos y convicciones sinceras; devotos alegres, entusiastas y demás. Y es cierto que la mayoría de los devotos han experimentado, en un momento u otro, sentimientos elevados al cantar, al recitar el Santo Nombre, al ver a las Deidades, etc., pero ¿qué hay de los estados espirituales más desarrollados y sostenidos, que se describen con términos tales como bhāva y prema? ¿Qué pasa con el amor de Krishna que brota de lo más profundo del ser, abruma la mente y el corazón, y transforma por completo a alguien en una persona santa cuya sola presencia inspira santidad en los demás? ¿Está ISKCON en realidad produciendo tales personas evidentemente conscientes de Krishna? (¿Necesito siquiera preguntarlo?).

Para dar cuenta de esta vergonzosa carencia de devotos puros en ISKCON, uno se ve obligado a actuar una versión del cuento «El traje nuevo del emperador»: hacer lo mejor posible para convencerse uno mismo y a los demás de que algunos devotos de alto perfil son, de hecho, devotos puros, y proclamar que los que no reconocen su estado o bien no están tan avanzados para tener tal discernimiento o son envidiosos. Otra opción es redefinir el término «devoto puro» de una manera amplia y generosa para así incluir al mayor número de devotos posible (por ejemplo, devoto puro es todo aquel que aspira a ser un devoto puro, o devoto puro es todo aquel que sigue fielmente sus votos de iniciación, etc.).

Algunos cuantos devotos altamente motivados y disciplinados, se aplican a los principios del bhakti-yoga y prueban los frutos de su esfuerzo. Pero para la abrumadora mayoría de devotos, la vida espiritual en ISKCON es poco más que una lucha perpetua contra los bajos instintos materiales. Uno sigue, año con año, esperando contra toda esperanza que «algún día, sí, algún día, un día lejano en el futuro, un día mágico y maravilloso, me convertiré en devoto puro».

Después de muchos años en el movimiento llegué a la conclusión de que en vista de que el movimiento no puede crear personas que sean altamente desarrolladas en la consciencia de Krishna, cualquier éxito del que el movimiento pueda gozar ―cualquier proliferación de cabezas afeitadas y de saris, cualquier número de templos abiertos, libros distribuidos, obtención del respaldo de celebridades políticas o de la industria del entretenimiento― anterior resulta solamente una demostración hueca de éxito.

Falla ética y deshonestidad espiritual

A lo largo de mis años en ISKCON, me alarmó el grado en que las personas que se unieron al movimiento ―en parte como una reacción en contra de la falsedad generalizada en las relaciones interpersonales que pueden percibirse en la sociedad mundana― se volvieron manipuladoras, astutas y doble cara en nombre de la promulgación de la Verdad. Por más difícil que sea de admitir, la doctrina de que «el fin justifica los medios» ha sido durante mucho tiempo una forma de ética muy definida que ha controlado al movimiento. Los devotos desarrollaron la presunción de que engañando y engatusando a los karmis (las almas ilusionadas) para que subvencionen económicamente, y de una u otra manera apoyen a ISKCON, representa una moral superior. A los devotos se les enseña a decir y hacer casi cualquier cosa que pueda justificarse en nombre de la prédica. Tanto el devoto nuevo que sale a la calle para obtener dinero de los no devotos mediante flagrantes mentiras, como el devoto más sofisticado intelectualmente y más hábil socialmente que logra presentar a ISKCON de una manera empaquetada y barnizada que eficazmente gana amigos y socava a los enemigos, finalmente ambos perpetran la doctrina de engañar a los no devotos a fin de salvar su alma.

Aunque esta actitud pueda parecer justificada desde el punto de vista de cierta «ética espiritual» inventadas por otras religiones, en la práctica fomenta una falta de respeto fundamental y una actitud de superioridad, manipuladora y controladora hacia aquellos por quienes se supone que debíamos tener sentimientos de compasión y que pretendíamos liberar. Aunque algunas de las manifestaciones más burdas de esa ética tramposa se han sosegado en las últimas décadas, la actitud básica, por lo que puedo ver, no ha cambiado, ya que se basa en la presunción de la superioridad moral de ISKCON.

Otro tipo de deshonestidad fundamental en el movimiento es una intelectual: una orientación aprendida en la que el principal proyecto filosófico de la persona deja de ser el esfuerzo sincero y disciplinado para abrirse a la verdad y es reemplazado por el estudio, la memorización, la interiorización, la prédica y la defensa de una Verdad ya definida, previamente digerida y prempaquetada. En lugar de una mente y corazón realmente abiertos en búsqueda del conocimiento, uno simplemente ondea la bandera de la «Verdad recibida», pase lo que pase y por mucho que tal «Verdad» pueda o no hacer frente a los hechos de la realidad palpable.

Esta defensa tenaz de la «Verdad» recibida al enfrentarnos a hechos o datos de la realidad que potencialmente pudieran refutar nuestras creencias, no representa ―según mi opinión― un acto de coraje sino de cobardía: un intento fútil de proteger nuestra frágil seguridad existencial enmascarada de certeza iluminada. Me sorprende continuamente, y en retrospectiva me siento algo avergonzado, por la disposición que yo y otros intelectuales de ISKCON teníamos para sacrificar la honestidad intelectual y así fortificar nuestra fe imperfecta, de agitar nuestra banderita de la "Verdad absoluta" ante a la abundancia de texturas las realidades que se nos presentan.

Corazones duros

A través de mis años en ISKCON, puedo recordar cómo a menudo me decepcionaba con el comportamiento de los líderes, a quienes poco parecía preocuparles el bienestar de los devotos bajo su mando. Hay cierta dureza del corazón proveniente de subordinar a la gente a los principios, de definir a la institución misma como preeminente y de que sus miembros sean simplemente sus «humildes sirvientes».

Esta retórica de la sumisión tiene, por supuesto, un cierto halo de altanería: la idea de que los devotos deben luchar juntos, deben poner en común sus energías y sus habilidades, deben sacrificar su independencia personal y su confort con el fin de servir a una misión gloriosa. El problema es que se crea un ambiente social e interpersonal en el que las necesidades particulares de cada individuo se devalúan, no se les da la importancia que tienen, y se posponen indefinidamente. Eso tarde o temprano deja al individuo devoto sintiéndose usado y abusado. A través de mis años en ISKCON me hice cada vez más consciente, dolorosa y tristemente consciente, de las maneras en que ―en nombre de «ocupar a los devotos en el servicio de Krishna»― los líderes y administradores en todos niveles manejaban a los devotos a su mando de manera paternalista, condescendiente, con mano dura y autoritarismo, tratando a sus subordinados, no como individuos únicos que poseen una vida interior rica y compleja, sino como unidades de energía humana que se ajustan a las tareas necesarias de cada momento. Recuerdo cómo algunos líderes criticaban e incluso ridiculizaban la idea misma de que se debe prestar especial atención a las psiques y necesidades individuales de los devotos, cómo desestimaban tales preocupaciones como mero sentimentalismo, mimos innecesarios, falta de fortaleza mental: las consideraban opuestas a los sagrados principios de la humildad y la entrega.

Esta actitud inflexible y dura, esta indiferencia insensible para el individuo, esta exaltación casi cínica de los principios de humildad y rendición que asegura que los pisos sean barridos y las cuentas pagadas, deja a muchos devotos sintiéndose traicionados, especialmente aquellos que ocupan posiciones bajas en la institución. Cuando la frustración, la ansiedad y la decepción alcanzan un nivel bastante alto, muchos de estos devotos se vuelven (comprensiblemente) amargados y vengativos, y muchos simplemente se van.

El celibato sexy

La mayoría de los devotos reconocen que ―entre las prohibiciones ascéticas de ISKCON― la más difícil de observar es la prohibición en contra del «sexo ilícito» (cualquier forma de actividad sexual que no sea para concebir hijos en el matrimonio). Esa es la causa de las mayores dificultades para los devotos, y ―con la posible excepción de la desilusión de ISKCON per se― es la causa más común de las «caídas» de la conciencia de Krishna.

Sin discutir los méritos del celibato en la vida espiritual, es justo decir que el devoto típico, en un cierto plazo, va a violar la regla del celibato una o más veces. Tarde o temprano en la vida de cada devoto aparece el deseo sexual, en diferentes grados y formas. Desde el gurú dando clases en su trono hasta el nuevo recluta que limpia los sanitarios, todos los devotos piensan en el sexo, fantasean con el sexo e incluso ―si consideran que podrán hacerlo sin ser descubiertos― se complacen con el sexo, ya sea con otros devotos dispuestos, con viejos amantes, con contactos fuera del movimiento, o con quienquiera. En ISKCON no se reconoce abiertamente este hecho obvio porque es fuente de gran vergüenza para los devotos, a quienes se les enseñó que el sexo es asqueroso, deshonroso, ignominioso y una muestra de debilidad personal, y además, porque los devotos siempre se están jactando ante los no devotos de que ellos disfrutan de un «gusto superior» que les provoca un fuerte desinterés en la satisfacción mundana de los sentidos.

Para ser franco, hay algo muy triste y hasta trágico, en el espectáculo de los aspirantes espirituales sinceros luchando interminablemente en contra del deseo sexual, negándolo, y reprochándose una y otra vez por su falta de heroico desapego del cuerpo. Entonces buscan lugares ocultos en donde masturbarse, o apegándose a otro devoto y planeando encuentros «ilícitos» con él o con ella. Todo este engaño e hipocresía, culpabilidad y vergüenza, negación y encubrimiento, hacen que la presunción ascética de ISKCON sea una farsa patética.

Tras muchos años en ISKCON, todo este fetiche del celibato me empezó a parecer un poco sospechoso. ¿Por qué el fracaso abismal de la inmensa mayoría de los devotos de ser incondicionalmente célibes? ¿Por qué la incapacidad generalizada para llevar a cabo un acto de renuncia que ISKCON define como una condición previa no solo para una práctica espiritual seria, sino para la vida humana civilizada? ¿Por qué este fracaso fundamental?

Algunos devotos afirman que se debe a un cierto déficit natural en la conciencia de las personas occidentales (que somos demasiado lujuriosos); otros culpan a la práctica crónicamente defectuosa del bhakti-yoga ―que recitamos los Santos Nombres de manera ofensiva (aparādha), o que lo que recitamos no es el Santo Nombre sino su sombra (nāma-ābhāsa)―; algunos afirman que Śrīla Prabhupāda nos transmitió una práctica imperfecta de vaisnavismo gaudīya ―omitiendo ciertos elementos místicos necesarios en el proceso de iniciación―; algunos dicen que es una consecuencia natural de los ashrams mixtos ―y periódicamente sugieren que los templos se deshagan de las devotas―.

Cualquiera que sea la causa, el hecho es que la mayoría de los devotos están muy lejos de practicar un celibato sereno, y se encuentran profundamente arraigados en cuerpos físicos que, por su misma naturaleza, desean tocar y ser tocados, desean sentir el calor de otro ser humano.

Tan fuerte es el deseo de la naturaleza humana por el contacto físico, que para evitarlo, para reprimirlo, uno debe pintarlo de la forma más exageradamente negativa: contemplando el acto sexual como puramente salvaje, repugnante y animal. Pero consideremos: ¿el hacer el amor es en realidad un simple montar y gruñir bestialmente? ¿Acaso no tiene ninguna conexión con las sensaciones de amor, cariño, aprecio y afecto? Ciertamente, como cualquier otra actividad humana, el sexo puede ser hermoso o feo. Puede ser un acto de abandono egoísta burdo, como el de un cerdo, o también puede ser una expresión de afecto, un acto de dar placer mutuo, incluso un catalizador para las sensaciones de unidad emocional y espiritual. Solamente a través de una negación deliberada de experiencias personales pasadas, o de las intuiciones, es que uno puede borrar tales memorias, o bloquear la capacidad imaginativa.

Mi propósito aquí no es promover las glorias del sexo, sino señalar los problemas asociados con la prohibición del sexo. También mi propósito es hacer la sugerencia radical de que quizás sea posible volverse una persona espiritual, una persona buena, llena de compasión, sabiduría, sensibilidad y conocimiento ―bajo cualquier bandera espiritual― sin tener que negar y reprimir la sensualidad implícita.

La falta de respeto contra las mujeres

Si realmente ISKCON fuera el movimiento espiritual glorioso que afirma ser, pero tuviera como único defecto las actitudes ofensivas y las políticas discriminatorias en contra de las mujeres, tanto Sitarani (mi exesposa) como yo todavía hubiéramos sentido que estaba completamente justificado irnos de esta organización a la cual habíamos dedicado nuestras vidas. Cada día era más difícil tolerar ―y defender ante los eruditos y los estudiantes a los que era nuestro servicio «cultivar»― la mentalidad cruda, irreflexiva, infantil, de club de varoncitos del movimiento, el injurioso punto de vista oficial que consideraba a las mujeres como seres infantiles, irracionales, irresponsables, emocionales, y salvajes «a menos que sean controladas por un varón».

No es de extrañar que ISKCON sea desde su nacimiento una institución temerosa de las mujeres, que las odia y las explota. Una religión centrada en el varón, que define al sexo como el enemigo de la espiritualidad, naturalmente va a definir al objeto del deseo sexual del varón como el «enemigo personificado»: la mujer como la principal antagonista en el Drama Sagrado del Hombre Trascendente. Las mujeres, por lo tanto, son estigmatizadas. En el mejor de los casos son toleradas: se les permite existir en la franja de un estatus oficialmente menor, donde sus lascivas energías son misericordiosamente canalizadas al servicio de los varones. En el peor de los casos, son oficial y sistemáticamente denigradas, rechazadas y, no pocas veces, abusadas emocional y sexualmente.

Este movimiento permite que un nuevo recluta masculino ―por el simple hecho de poseer un pene― se sienta superior a una devota madura que ha estado perfeccionando su conciencia por décadas. Este movimiento fomenta que un esposo se sienta cómodo dándole órdenes a su esposa como si él fuera un mahārāja y ella una esclava, como si ella hubiera sido colocada en esta tierra simplemente para servirle y satisfacerlo, como si Krishna fuera a sentirse satisfecho con tales exhibiciones de tratos jerárquicos entre los sexos. Estas doctrinas resultan una invitación para ser ridiculizados por extraños y provoca punzadas de conciencia en algunos miembros pensantes. Es sorprendente que cualquier mujer que se precie y que se tenga algo de respeto tolere este tipo de actitudes y tratos, y supongo que la mujer devota tolera estos abusos solo para poder permanecer conectada a esta tradición espiritual (que ella supone que debería ser más noble y más sabia que eso).

Por un buen tiempo, Sitarani y yo nos sentimos contentos de ser «liberales» en este tema, y usábamos nuestra influencia, por ejemplo, para permitir que una mujer ocasionalmente diera alguna clase de Bhagavad-gītā, condujera un kīrtan o tuviera un voto en la junta directiva del templo. Pero nos cansamos de tratar de defender al movimiento y a su creador cuando algún estudiante universitario perspicaz o cualquier persona con sentido común nos cuestionaban: nos cansamos de tener que emplear toda nuestra inteligencia y astucia en el encubrimiento nada noble de esta organización descaradamente sexista.

Cuando finalmente abandonamos el movimiento nos sentimos aliviados por habernos salido de un ambiente político y social que denigraba a las mujeres y los principios femeninos positivos. ISKCON es, después de todo, una institución definitivamente masculina: toda esa obsesión sobre el control, el orden, la jerarquía, el protocolo y la competencia, por no hablar de toda la retórica marcial que se golpea el pecho con «la conquista de los sentidos, la destrucción de la ilusión, la derrota del enemigo y la eliminación de los demonios».

¿Qué hay de las hermosas cualidades «femeninas» de Śrī Caitanya y sus seguidores? ¿Qué pasó con su bondad, su humildad, su empatía, su amor, su compasión, su protección espiritual, su nutrimiento, la delicadeza de sus emociones y de sus relaciones interpersonales? Mientras que los devotos ocasionalmente hablan insinceramente de estas reconocidas cualidades vaisnavas, en la práctica las que ellos aprecian son las cualidades masculinas: la severidad, la agresividad y el poder de dominar y de manipular a otros es lo que el establishment de ISKCON promueve y recompensa.

Despersonalización espiritual

El factor final en mi decisión acumulativa de dejar ISKCON fue un factor filosófico: una creciente conciencia de que ―por más sabiduría y belleza que se puedan encontrar en una tradición religiosa particular― ninguna tradición, ningún sistema puede hablar completamente por un solo individuo. Cualesquiera que sean los posibles orígenes trascendentales de un camino espiritual, este se transmite a través de las personas humanas: sabios, inteligentes, santos tal vez, sin embargo siguen siendo personas distintas, individuales, con sus propias historias de vida, sus distintas experiencias, sus propios temperamentos, sus modos de pensar, sentir y comunicarse. Aunque había mucho en la conciencia de Krishna que me pareció muy significativo y atractivo, empecé a darme cuenta ―de manera sutil, lenta, durante un largo período de tiempo― de que, por más que simplemente borrara mis propios pensamientos y sentimientos, no podía aceptar ciega y automáticamente cada palabra de las Escrituras (por ejemplo, que las mujeres son inferiores a los varones, que cada relámpago no es la descarga estática de las nubes sino que viene del Señor Indra, que el Sol está más cerca de la Tierra que la Luna, etc.).

Sin embargo, más allá de las dificultades con ciertos pasajes de las Escrituras, fue mi creciente sensación de que había algo antinatural, algo artificial y forzado, en la idea misma de tener que sustituir completamente mis propios pensamientos, mis reflexiones, mis ideas y mis intuiciones acerca de mí mismo, acerca del mundo, y mi propia experiencia, con un sistema de ideas y doctrinas prempaquetadas y preaprobadas que, cualesquiera que sean sus orígenes, ha evolucionado a través de innumerables manos y se refracta a través de muchas mentes y sensibilidades a través de los siglos. Empecé a sentir (aunque me llevó un tiempo largo para admitirlo conmigo mismo) que se trata de una demanda poco realista e injusta hecha a cualquiera de nosotros, por más «imperfectos» que seamos, porque deshonra a la integridad y la particularidad de quienes somos, en nuestra individualidad esencial.

Llegué a sentir que, hay algo definitivamente impersonal en la idea de que somos algo totalmente diferente de lo que actualmente sentimos ser, que nuestra personalidad manifiesta es simplemente el producto de un estado antinatural e ilusorio, y que para «trascender» esta sensación inmediata del ser debemos someternos a la autoridad de ciertas personas autorizadas por nosotros mismos para una radical reeducación; que debemos cortar, casi en su totalidad, con todas las ideas, influencias o personas que posiblemente nos recuerden a los seres que erróneamente creíamos ser.

Ahora bien, sean cuales sean las bellezas del camino espiritual, hay algo un poco siniestro en un sistema espiritual que de manera tan intransigente y absoluta devalúa mi saber y mi experimentar propio y directo, que me hace dudar y cuestionar cada una de mis percepciones, mi sentido de la realidad; un sistema al que tendría que someterme, en cuerpo y mente, a ciertas «autoridades» de quienes no he visto ninguna prueba concluyente de perfección espiritual, cuyo estado es tenue en el mejor de los casos (a la luz de los frecuentes escándalos que involucran a estos personajes que son anunciados por ISKCON como puros y perfectos).

¿Realmente la vida espiritual tiene que depender de un acto tan extremo de abnegación en el que hay un rechazo inflexible de nuestra experiencia personal? ¿Tienen la verdad y la sabiduría que estar tan radicalmente separadas de mi propia consciencia, de la profundidad de mi propio ser? ¿Es lo mejor para mí cegar y ensordecer mi propia visión interna? ¿Realmente esta autoabnegación es «humildad» ―el reconocimiento racional de mis limitaciones personales― o es finalmente solo una forma de deshonrarme y negarme a mí mismo?

Comencé a percibir que la espiritualidad verdadera no se puede reducir a una estructura corporativa, conformista y autoritaria. Al contrario, la espiritualidad verdadera honra y confía en el espíritu individual lo suficiente como para permitir que uno busque su propia trayectoria, incurra en sus propias equivocaciones, encuentre su propia manera, escuchando a sus propias intuiciones y reconociendo las varias fuentes de sabiduría que se presentan a través de su viaje en la vida. Finalmente me di cuenta de que ―a pesar de toda esta palabrería de ISKCON sobre la libertad, la emancipación y el escape de las modalidades condicionadas del ser― la mentalidad que prevalece en ISKCON está de hecho caracterizada por un gran miedo a la libertad: una angustia frente a la búsqueda personal, un miedo de confiar en el momento, de abrirse a lo inesperado, de permitir que la mente y el corazón sigan siendo receptivos, curiosos, vulnerables, aventureros.

¿Hay vida después de ISKCON?

Que un devoto pueda plantearse tal pregunta es en sí mismo es muy indicativo de la mentalidad de ISKCON. A través de diecisiete años en la conciencia de Krishna me senté a escuchar miles de clases de la Bhagavad-gītā y del Śrīmad-Bhāgavatam (¡muchas de ellas dadas por mí!) en las que se me obsequiaban imágenes de inminentes pesadillas avecinándose en el mundo fuera de los muros de ISKCON, en esas clases se me advertió en repetidas ocasiones de las miserias por venir si estúpidamente se me ocurriera vagar fuera de nuestras fortificaciones. En un lugar donde la experiencia espiritual superior es escasa, es necesario, en efecto, crear desincentivos poderosos para salirse, incluso si estos se basan en la exageración y el miedo.

Pero resulta que el mundo no es una cámara de horrores sin alivio, tal como se describe en las clases del Bhāgavatam. El mundo es una mezcla, tal como lo es ISKCON. Sí, claro que hay toda clase de cosas terribles en este mundo: guerra, pobreza, enfermedad, abuso sexual, racismo, y mucho más. No se puede dejar de afirmar que el mundo es un lugar impregnado por el sufrimiento y la crueldad. Pero en medio de toda esa oscuridad y locura también hay bondad. Para comenzar, hay mucha gente de buen corazón que acude a ayudar a los que son perjudicados, perseguidos, incomprendidos, maltratados; personas que intentan aliviar los sufrimientos de otros de maneras innumerables.

Aquí, en el resto del mundo también hay muchos que buscan la verdad, el significado y la belleza a través de la expresión artística. En el mejor de los casos, todas las artes ―la pintura, la música, la danza, la literatura― apoyan la búsqueda de la verdad, la belleza y lo sublime. Uno solo tiene que abrirse a las obras de los creadores, caminar por un museo de bellas artes, escuchar una gran sinfonía, ver un ballet, perderse en una gran novela o un poema para experimentar las profundidades y alturas del espíritu humano. Hay infinitas riquezas para ser vistas, escuchadas, experimentadas y absorbidas en estas obras. Uno solo tiene que abrirse, dejarse sentir y experimentar.

Hablando a título personal, en los últimos años me he sumergido en la fotografía artística, tanto como trabajador que como estudiante de la historia y la estética de este, y así he obtenido satisfacciones profundas. A través de la fotografía creativa he descubierto en mí nuevas capacidades para ver, intuir, sentir, crear, comunicar. Actualmente estoy trabajando en un libro que explora las dimensiones espirituales del medio.

Además de la expresión artística, que es mi propia trayectoria, hay otras vías para llevar una vida significativa: a través de actividades intelectuales, a través de obras de compasión (tanto dentro como fuera de los contextos institucionales formales o de la propia profesión), a través de la enseñanza, y a través de mil otras maneras de acción honesta y significativa. Y hay, por supuesto, un mundo de caminos espirituales y prácticas para explorar. Al dejar ISKCON, nos encontramos con una grata sorpresa al descubrir que hay muchos que se dedican a la senda espiritual, que buscan ―a través de diversos medios― ser más conscientes, más sensibles, más compasivos, y que trabajan para integrar las verdades espirituales a su vida cotidiana. Y hay, por supuesto, muchos miembros antiguos de ISKCON que siguen en el camino vaisnava, pero de manera tal que sienten que pueden conservar una integridad y un humanismo en gran medida ausentes en el propio ISKCON.

Una vez que se anda fuera de las puertas de ISKCON, se descubre que la propia calidad de la consciencia y del corazón son los factores que determinan la clase de persona que se es y qué clase de vida se va a vivir. Al salir del templo no se cae de manera automática en el libertinaje desenfrenado, ni uno se convierte en un demonio, ni se vuelve loco. Tampoco es necesario asumir una actitud de aceptación acrítica del mundo. Es muy posible permanecer plenamente consciente de las limitaciones e imperfecciones del mundo y mantener una relación creativa ambivalente con él, mientras que se construye un espacio seguro, sano y significativo por sí mismo dentro del mundo. Se trata de un proyecto, desde luego, pero bastante factible.

Aquí, en el resto del mundo se pueden encontrar, simplemente buscando, a personas buenas y decentes, que comparten los mismos valores, y cuya amistad se nutre y profundiza. Las personas que han dejado ISKCON también suelen encontrar una gran satisfacción en estas relaciones profundas, íntimas y amorosas que se perdieron mientras eran brahmacārīs y brahmacāriṇīs célibes, mientras vivían como personas casadas atrapadas en matrimonios poco satisfactorios, jerárquicos, abusadores y asexuados (o en relaciones de abuso sexual).

Aunque he cancelado mi suscripción a la visión de ISKCON con respecto a la realidad, estoy interesado profundamente y sinceramente en la verdad/realidad, y me siento confiado de que tengo puntos en común con la gente en ISKCON y cuyo amor hacia la verdad reemplaza cualquier lealtad automática a las doctrinas y a las líneas de autoridad. Cualquiera que sea el estado lamentable de ISKCON, cualquiera que sea oscuridad con la que se oscurece su gloria potencial, hay mucha gente buena y decente en el movimiento que busca respuestas a las preguntas más profundas de la vida y que son serios acerca de descubrir y cumplir con su propósito más elevado en la vida. A todos ellos, les ofrezco mis respetos y mi amistad.

Si algo de lo que he escrito aquí ha significado algo para ti, si tiene sentido o te toca de alguna manera, entonces espero que te sientas libre de escribirme. Me encantaría saber de ti, oír tus pensamientos, y te prometo que voy a hacer mi mejor esfuerzo para responder. Espero con interés escucharte. Puedes ponerte en contacto conmigo en la siguiente dirección:

gelberg@comcast.net

Algunos escritos de Steven Gelberg acerca de los hare krishna.

Notas

  1. Gelberg, Steven J. (1991): «Por qué me fui de ISKCON», artículo en español publicado en el sitio web Surrealist.org. Traducido del original en inglés «On leaving ISKCON» que he copiado en este mismo sitio web.

Véase también